El chat donde te las mandaste a ti mismo
Mandarte la escritura por WhatsApp a tu propio número es comodísimo: la encuentras buscando «escritura» y ya. Por eso casi todo el mundo lo hace.
El problema es que esa foto ahora vive en varios lugares al mismo tiempo: tu teléfono, la copia de seguridad del chat, y el teléfono de cualquiera a quien se la hayas reenviado alguna vez. Si tu copia de seguridad está activada, también está en la nube de Google o de Apple, y ahí el cifrado de punta a punta de WhatsApp ya no aplica: lo protege la contraseña de tu cuenta de correo, no la del chat.
Traducido: la seguridad de tu escritura es la misma que la de tu cuenta de Gmail. Si alguien entra ahí, entra a todo.
El correo electrónico
Un correo con un adjunto se queda guardado en al menos cuatro sitios: tu bandeja de enviados, la bandeja del que lo recibió, el servidor de tu proveedor y el del suyo. Ninguno de esos cuatro lo borra cuando tú borras el tuyo.
Además, el correo no está cifrado de punta a punta salvo que las dos partes hagan algo extra para lograrlo. En la práctica, nadie lo hace. Tu contador, tu notario y tu abogado tienen una copia de tu identificación en su bandeja de entrada desde hace años.
El carrete del celular
La foto de tu INE y la de tu perro están en la misma carpeta, con el mismo nivel de protección: ninguno.
Cualquier aplicación a la que le diste permiso de «ver tus fotos» —un editor, un juego, una red social— puede leer esa carpeta completa. No tiene que pedirte permiso otra vez por cada foto.
Y si pierdes el teléfono desbloqueado, no perdiste un teléfono: perdiste tu identidad.
La memoria USB en el cajón
Mejor que las tres anteriores, porque está desconectada. Peor en otra cosa: una memoria USB no avisa cuando se está muriendo. Las memorias de este tipo pierden datos con los años aunque nunca las uses, y el día que la necesites puede que ya no abra.
Si la usas, que sea una copia y no la única, y revísala una vez al año.
Entonces, ¿dónde sí?
La regla que usan quienes se dedican a esto se llama 3-2-1: tres copias, en dos tipos de soporte distintos, una de ellas fuera de tu casa. No es exagerado: un incendio, una inundación o un robo se llevan todas las copias que estén en el mismo lugar.
A eso hay que sumarle una condición que la regla 3-2-1 no menciona porque viene de antes de la nube: que la copia de fuera esté cifrada antes de salir de tus manos. Si subes la escritura tal cual a un servicio de almacenamiento común, el que opera ese servicio puede abrirla, y también cualquiera que consiga entrar a tu cuenta.
Cifrada antes de subir significa que lo que viaja y lo que se guarda es un bulto ilegible. Quien lo tenga sin la llave no tiene nada.
Lo mínimo que puedes hacer hoy
Si no quieres cambiar de sistema todavía, tres cosas que toman veinte minutos y mejoran mucho tu situación:
Borra los adjuntos de tus propios chats y de tu bandeja de enviados. Lo que ya no existe no se puede filtrar.
Quita el permiso de fotos a las aplicaciones que no lo necesitan. En Android y en iPhone se revisa en los ajustes de privacidad, aplicación por aplicación.
Pon una copia fuera de tu casa —con un familiar, en una caja de seguridad o en un servicio cifrado— y anota en algún lado dónde está.